martes, 28 de mayo de 2019

Aproximación 8º


Consigna 15:  Análisis Institucional

*Analizar el caso que donata conflicto en el aula.

*Exponer en un afiche los lineamientos generales de análisis y estrategias de acción 
articulando los referentes teóricos con el caso.

*Textos Lidia Fernández, Lucia Garay, Cristian Varela.


Caso a analizar “ Angel”


Es parte de la publicación 'Che, maestra. Relatos de experiencias educativas'. Su autora es María Belén Cairo Sastre; y se publico por Editorial De los cuatro vientos. Buenos Aires, en el año 2005.

Tuve un Ángel. Explico: tuve, no hace mucho tiempo, un alumno adolescente de nombre Ángel. La escuela está ubicada en Laferrere, Partido de la Matanza, provincia de Buenos Aires y es un Centro de Enseñanza de Nivel Secundario que funciona en horario nocturno. 

Haciendo abuso de la paradoja, este Ángel era un verdadero Demonio. Recuerdo, con nitidez inusual, las primeras clases: yo trataba de presentar la asignatura y de tentarlos con sus contenidos, leía fragmentos apasionantes que dejaba inconclusos, recitaba poemas provocadores y disfrutaba de sus carcajadas de asombro y vergüenza. Recitaba fuerte, recitaba y no leía. Él, Ángel, un primor: lanzaba acotaciones grotescas en medio de la clase, bostezaba escandalosamente y, los días de mayor tranquilidad, en los que se calzaba los auriculares, soportábamos sus eléctricos movimientos y un susurro estrepitoso y lejano de cumbias. Como se admitirá, la situación (que además se agravaba día a día) era insoportable para el desarrollo de una clase. Mis solícitos pedidos de decoro ocasionaban en él respuestas escandalosas que, para colmo, promovían la dispersión del grupo. Y ¿Qué quiere? Si Usté se hace la poeta.

Juntando todas las yemas de los dedos de la mano derecha las movía enérgicamente hacia arriba y hacia abajo. Le pedí que se sentara más adelante y aceptó.

Yo tenía la esperanza de poder contenerlo mejor si estaba más cerca porque se había ubicado, desde el primer día, al final de la hilera izquierda, donde los bancos se agrupan de modo tal que cierran el pasillo y resulta imposible acceder con el deambular característico que nos surge a los docentes cuando explicamos un tema o leemos en voz alta. Ángel aceptó sentarse en el segundo banco de su misma hilera pero no modificó en lo más mínimo sus actitudes. Cada día, antes de comenzar mi clase, pensaba qué estrategia podía poner en juego a la hora de abordarlo: en algunas ocasiones intentaba el enojo, en otras el discurso largo y la explicación, el cariño, la fraternidad, la simpatía, la furia.


Un día, después de muchos intentos, me cansé. Y ante su primera interrupción –profanando la psicología de adolescentes que alguna vez leí -me levanté las mangas de la camisa mientras me acercaba a él resueltamente y mirándolo a los ojos le dije, con seriedad, O te dejás de joder o esto lo resolvemos en la esquina, a la salida...


Ángel mide más de un metro ochenta, tiene unos rulos negros y brillantes que le atraviesan los hombros (separados a fuerza de cargar baldes con escombros) y fundamentalmente, se sabe superior a muchos a la hora de resolver los problemas a los golpes; de modo que me miró a los ojos con supremacía, sonrió levemente levantó las dos palmas abiertas, inclinó hacia abajo la cabeza sin dejar de mirarme y, con la generosidad larga de quien se siente seguro dijo: Todo bien Profesora.

Desde aquella noche de otoño incipiente jamás volví a tener un alumno tan incondicional: mi lenguaje se había alejado del discurso jactancioso de siempre para acercarse al que se utiliza para nombrar, no para engañar o fascinar. Ángel había fracasado en reiteradas circunstancias dentro del circuito educativo. Era la cuarta vez que empezaba Primer Año (las dos primeras en diferentes instituciones) y, entre uno y otro intento, había hecho changas de albañilería y otros trabajos tan precarios que, a poco de andar buscándolos inútilmente por la calle, empezó a robar.

Supe que robaba después de tenerlo durante un año como alumno, ya nos conocíamos y queríamos lo suficiente como para que no nos avasallara el prejuicio, ya intentábamos el código del otro para comunicarnos y nos salía bastante bien (aunque él no aprobara mi asignatura ni yo pudiera descubrir la veracidad de sus narraciones orales). Revivo claramente el momento en el que lo supe ladrón y, a más de ladrón, asesino.

Fue una noche de un calor especialmente pegajoso, los mosquitos hostigaban con duros picotazos y, junto a un grupo de alumnos jugábamos ironías verbales respecto del Dengue, a falta de una verdadera protección, a sobra del miedo que las campañas publicitarias infundían en lugar de erradicar la calamidad. Ángel era de los pocos jóvenes que llevaba una campera de jean puesta; si digo joven es sólo para diferenciarlo de algún modo de las alumnas mayores, que nunca van a la escuela sin un saquito puesto o colgado prolijamente en el antebrazo, por si refresca. Para iniciar un diálogo de recreo le pregunté si no tenía calor, a la vez que hice un breve gesto para correrle la campera. Tenía el mango marrón, inconfundible, de un arma saliendo de la cintura. Llevaba una remera negra con enormes y coloridos dibujos estampados. Yo apenas atiné a decirle que no se podía traer armas a la escuela y que en general me parecía mejor evitarlas, también en la vida. Se lo dije seriamente, mirándolo esos ojos oscuros y rasgados como ojales, siempre atentos al mundo externo, siempre observando movedizos y vivaces. Él, rápido como si hubiera ensayado mil veces esa respuesta, dijo, Si aquel también la trae y nadie le dice nada. Señaló a uno de los estudiantes pertenecientes a la Policía Bonaerense que, llegaba a la escuela directamente del trabajo, aunque sin uniforme. Lo señaló, no con el dedo de indicar cruzando el aire como una flecha; lo señaló con la mano izquierda completa, de perfil, como una cuchilla y un gesto terriblemente despreciativo que produjo en el rostro mordiéndose el labio inferior, levantando las cejas, arrugando la frente y echando levemente toda su cabeza hacia atrás. ¡Es su herramienta de trabajo! Repliqué con cierto enojo. ¡La mía también! Ángel encogió los hombros, a mí, me inundó el desconcierto y me brotó el discurso moral. Pacientemente fui escuchando los recortes de la historia que me iba regalando; día a día sumaba una pieza que me abría otra puerta de su laberinto, que me sorprendía, que me ensañaba y me desalentaba a la vez.

Habíamos empezado la lectura conjunta de Martín Fierro. En general, a todos les gustaba, lo disfrutaban y se reían. Algunos padecían, al principio, el vocabulario; pero, poco a poco, se iban acostumbrando a él y a mi traducción instantánea, al tiempo que la trama los iba envolviendo, fagocitando dulcemente hacia su interior. Ángel leía para sí, nunca en voz alta, y yo presumía que con marcadas dificultades. Sin embargo, al llegar al episodio en el que se cuenta detenidamente cómo Fierro acuchilla al Negro pobló el aula con una risotada grosera, estentórea y feliz acompañada de un ¡Qué hijo de puta! desbordante de admiración. El resto de los alumnos pasó velozmente del silencio de asombro a la carcajada conjunta. ¡Angel! Grité. Y nuevamente pensé en Satanás, con cariño y desconsuelo.




Análisis:

     En el relato del caso "Ángel", podemos observar que la mirada esta puesta en él, como sujeto que aprende o no aprende, dejando por fuera otras dimensiones que actúan sobre su aprendizaje. Lo que queda claro es que Ángel no aprende, y que solo contamos con lo que la maestra sostiene que pasa con él a lo largo del ciclo escolar.

     Lo que cuenta la maestra por lo general refiere a sus formas de estar en el espacio aúlico, a su comportamiento, a la forma en que el estudiante rechaza los contenidos de su materia, y en general sus observaciones tienen que ver más con señalamientos que con reconocimientos.

     Lidia al respecto señala que el modo como el aprendizaje varia y es utilizado como manera encubierta de aprobación o cuestionamiento a la autoridad de los docentes y a la existencia de la escuela, o la medida en que la fantasmática circulante inhibe la posibilidad de comprender y pensar sólo se percibe cuando ampliamos nuestra mira para abarcar el establecimiento.

     La forma como con su fracaso escolar el sujeto cumple el "mandato" social (inconsciente) de su grupo social, que se resiste a la integración, o la medida en que su éxito estaba prenunciado por su pertenencia a una clase dirigente o marginada, solo se advierte si ubicamos al sujeto en ámbitos sociales más amplios. 

     En el relato no aparece una mirada respecto al establecimiento, lo que nos hace pensar que la docente actúa en soledad, tratando de acercarse al estudiante, pero cada vez que lo hace y conoce más de su realidad, opera el discurso moral, el prejuicio y la inacción por parte de ella en relación a estrategias que posibiliten que Ángel pueda establecer una conexión con los contenidos y la materia.

     Lucía Garay sostiene que para el individuo singular la educación es el proceso que le posibilita, o no, su humanización; su transformación en un sujeto social identificable como miembro de su grupo y su cultura. A su vez, le posibilita, o no, su individuación en termino de formar su identidad y construir su proyecto histórico personal. En el relato, la maestra cuenta que Ángel comienza a robar debido a la precarización laboral en la cual estaba inmerso y que lo llevo a que hoy cargue un arma, en la escuela. Algo permitido para algunxs pero no para otrxs según lo marca la maestra.

     Ella  logra establecer una relación con el estudiante que permite conocer su realidad, pero ante eso su accionar solo se orienta a regular su comportamiento en el aula ya que la estudiante continua durante el año lectivo reprobando su materia. Como estrategias de acción planteamos priorizar el cuidado del vínculo pedagógico, para posibilitar que se produzca el proceso de enseñanza aprendizaje y pensar desde la escuela estrategias que puedan colaborar con la docente en este caso y acompañar a ángel en su proceso de aprendizaje.

     Quizás, tal como expresamos en las aproximaciones anteriores resulte muy complejo descubrir qué les tenemos que ofrecer para que, realmente, puedan construir su proyecto de vida, brindar herramientas para decidir por la continuidad educativa, acceder a niveles superiores de enseñanzas o ingresar al mundo del trabajo. Pero, por sobre todo, permitirles SER, y aquí está la cuestión, ser en todos sus aspectos.

     Consideramos que hay que moverse de la centralidad que nos adjudicamos los docentes en el "dar clases". Al aula entra el docente (pero esa clase está siendo dada, a través nuestro), entran también los autores de los textos que elegimos como base científica de los conocimientos que enseñamos, y por supuesto, también entran las intervenciones y aportes de los estudiantes que son los que darán sentido a ese conocimiento y construirán quizás nuevos aprendizajes acordes a su contextos y vivencias.